domingo, 24 de mayo de 2009

Jaque-Mate

El tarro con las cenizas de Carlos se había convertido en una pieza de ajedrez. El primer movimiento se hizo desde el crematorio a la mesa del salón comedor. Su afligida viuda quería seguir compartiendo su vida cotidiana con él; eso si, el café y los pasteles los tomaba en la cocina, le parecía una desconsideración degustar lo que ella consideraba placeres para el paladar, teniendo a su reducido marido frente a ella; por que, una cosa eran las lentejas y otra muy distinta los caprichos.
Una mañana al levantarse se sintió especialmente sensible. Invadida de nostalgia recordó el día que conoció a Carlos. Ella trabajaba en una zapatería y nada más verlo el pulso se le aceleró. Cupido disparaba sus flechas a diestro y siniestro hiriendo de amor, a empleada y cliente.
Mercedes lloró, recordando sus primeras palabras con Carlos a trabes de la frontera de cajas que formó, con el único objeto, de retrasar en lo posible la salida de este; y para él, poco importaba ya, el motivo de su adquisición. Se llevó unos mocasines de la misma manera que se podía haber llevado cualquier otro modelo.
Le hacia bien tener presente el recuerdo de Carlos: o, eso al menos, pensaba ella.
Pasado un tiempo, comenzó a notar que los alimentos se le atragantaban. Se mostraba incómoda, le desasosegaba la presencia callada, del que hasta hacia poco había sido un prodigio de locuacidad; de modo que opto por llevar a cabo un segundo movimiento: este fue sobre una mesita que había junto al sofá. Pero ocurría, que cuando proyectaban una película subidita de tono se violentaba de tal manera, que terminaba cambiando de canal. Este hecho propicio el tercer movimiento, esta vez a una rinconera. Pero aquí estuvo poco tiempo, un decorativo jarrón vino a sustituir al apocopado Carlos, quedando confinado en una escondida trampilla. “Jaque-Mate al Rey.”
Acto seguido, abrió las ventanas de par en par y aspiró profundamente. Se sentía extrañamente bien. Por fin, respiraba “vida”.




Lola Fonta

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