domingo, 24 de mayo de 2009

La fiesta de Morfeo

¿Qué hago en esta fiesta?
me pregunto divertida
Cuando veo de repente
Que se acerca Josefina.

Hace su entrada triunfal
Como una Diosa de Delfos
Con anillos en la frente
Y diamantes en su pelo.

Digna de Emperatriz
Su vestido es imperio
Con escote generoso
Y en el pecho un camafeo.

Tiene mirada enredadora
De pícara meretriz
Y una boca seductora
Que le fascina reír.

Me contagio de su risa
Y comienza el jueguecito
La acompaña cierta seta
Cuyo nombre yo omito.

Ahora entra Ali-baba
Seguido de sus ladrones
Se quitan el guante blanco
Y se lo meten en los calzones.

Pronto llama mi atención
Un añejo caballero
Con mejillas carmesí
Y la raya puesta en medio.

Luce chaqueta ceñida
Y pañuelo en el cuello
Emulando a Gardél
En su tango arrabalero.

Tiene la noche en sus ojos
Así los tiene de negros
Parece cuando los mueve
Una bandada de cuervos.

Llamo al punto su atención
Lanzando al suelo el pañuelo
Él quebrando su cintura
Recoge airoso el señuelo.

Ladra el reloj pertinaz
Muere el sueño en la almohada
y dejo serpentinas de fiesta
En las ropas de mi cama…

Lola Fonta

Jaque-Mate

El tarro con las cenizas de Carlos se había convertido en una pieza de ajedrez. El primer movimiento se hizo desde el crematorio a la mesa del salón comedor. Su afligida viuda quería seguir compartiendo su vida cotidiana con él; eso si, el café y los pasteles los tomaba en la cocina, le parecía una desconsideración degustar lo que ella consideraba placeres para el paladar, teniendo a su reducido marido frente a ella; por que, una cosa eran las lentejas y otra muy distinta los caprichos.
Una mañana al levantarse se sintió especialmente sensible. Invadida de nostalgia recordó el día que conoció a Carlos. Ella trabajaba en una zapatería y nada más verlo el pulso se le aceleró. Cupido disparaba sus flechas a diestro y siniestro hiriendo de amor, a empleada y cliente.
Mercedes lloró, recordando sus primeras palabras con Carlos a trabes de la frontera de cajas que formó, con el único objeto, de retrasar en lo posible la salida de este; y para él, poco importaba ya, el motivo de su adquisición. Se llevó unos mocasines de la misma manera que se podía haber llevado cualquier otro modelo.
Le hacia bien tener presente el recuerdo de Carlos: o, eso al menos, pensaba ella.
Pasado un tiempo, comenzó a notar que los alimentos se le atragantaban. Se mostraba incómoda, le desasosegaba la presencia callada, del que hasta hacia poco había sido un prodigio de locuacidad; de modo que opto por llevar a cabo un segundo movimiento: este fue sobre una mesita que había junto al sofá. Pero ocurría, que cuando proyectaban una película subidita de tono se violentaba de tal manera, que terminaba cambiando de canal. Este hecho propicio el tercer movimiento, esta vez a una rinconera. Pero aquí estuvo poco tiempo, un decorativo jarrón vino a sustituir al apocopado Carlos, quedando confinado en una escondida trampilla. “Jaque-Mate al Rey.”
Acto seguido, abrió las ventanas de par en par y aspiró profundamente. Se sentía extrañamente bien. Por fin, respiraba “vida”.




Lola Fonta